CUERPOS DESCOSIDOS
Cuerpos descosidos de Javier Quevedo Puchal:
El Cabaret de los Pecados. Una mujer que expía culpas ajenas a través de su cuerpo. Un joven chapero en busca de venganza. Una artista gráfica que sobrevive entregándose a las más terribles rutinas. Un diario secreto. Una familia regida por estrictos códigos de conducta. Un muchacho que posee un don inexplicable y un pasado inconfesable. Ámsterdam, Valencia, West Yorkshire… Tres espacios y tres tiempos que confluyen en una reflexión sobre el horror de lo cotidiano.
Cuerpos descosidos es un cuento oscuro e intrigante que va desnudando las almas y los miedos de sus personajes, hasta lograr que acaben dando nombre a lo innombrable en un desenlace lleno de resonancias, que no dejará indiferente a nadie.
Indice:En mis sueños vuelvo a la casa. No sabría decir si lo que me mueve es la añoranza o algo más significativo que eso. Quizás una cierta inercia que no puedo evitar, o tal vez un instinto animal. Aunque a lo mejor no es ni una cosa ni la otra. Al fin y al cabo, en los sueños no hay riendas y, si las hay, éstas nunca están a nuestro alcance. Vuelvo allí, en cualquier caso, al lugar donde empezó todo, y al hacerlo siento que mi cuerpo se estremece por una descarga eléctrica que sólo puede deberse al nerviosismo. Observo mis manos y me sorprendo al comprobar que vuelven a ser menudas, rollizas, con el esmalte de uñas descascarillado de color rosa que adorna una vez más las uñas mordisqueadas.
La calle es la misma, pero el cielo no. Donde antes había nubes, ahora ya no hay nada. Ni estrellas ni luna, tan sólo un enorme vacío de oscuridad que parece amenazar con engullirme de un momento a otro. Sólo cuando me detengo frente a la casa me doy cuenta de que estaba equivocada, de que la calle no es la misma. Sólo entonces veo las malas hierbas crecer por todas partes, incluso por debajo de ese asfalto que logran levantar con su pujanza imparable. Sólo entonces veo que las vallas de madera y metal que cercan el vecindario están enfermas de herrumbre y carcoma. Y que los pájaros, sombras taciturnas que parecen vigilar mis pasos, permanecen quietos en las ramas de los árboles por una razón sin duda más poderosa que el sueño